¿Tiene título la vida?

"Nadie es especial siempre, salvo los hijos y, quizás, algunos abuelos". Blanca León.




Muchos años después, justo antes de expirar el último aliento, cuando lo vivido pasó frente a sus ojos como una vieja película de las que proyectaban en la plaza, apenas recordaba aquellas caras que le sonreían desde una vida que ya no era la suya. Se vio de recién nacido, como a alguien ajeno a él, después, poco a poco, fue reconociéndose. Volvió a respirar el olor a pan recién hecho, se bañó en las aguas del río; frías como aquella mañana en la que intentaron rescatar a un comerciante que cayó junto con su caballo, muriendo el primero y sin poder salvarlo el segundo a pesar de hacer todo lo posible; cuentan que el caballo fue hasta el pueblo nervioso y solo, tratando de pedir ayuda sin que se pudiera hacer nada. Vio otra vez a sus hermanas muertas y rodeadas de jazmines, tan pequeñas y aparentemente dormidas, despojadas de su cabello, atributo que se habían dejado crecer a lo largo de su temprana vida y que después fue cortado para que quedase algo físico como testigo de su paso.

Recordó cuando conoció a la hermana gemela de su madre, de cuya existencia no sabía nada, y las risas de las dos al reencontrarse y ver la cara de incomprensión del niño. O cuando llegó la guerra y su padre y hermanos mayores se fueron, quedándose él por no tener edad suficiente. Esos tiempos fueron los que quizá más le marcaron, el dolor deja siempre un rastro más fuerte. Nunca olvidaría cuando fue junto a un amigo de la familia a la estación de tren a ver pasar a los heridos en combate, sin querer reconocer ninguna de las caras que se extendían a su paso. En orden cronológico se vio más mayor, cuando fue a Madrid a prestar el servicio militar y un alto mando le aconsejó, antes de ir a votar al referéndum del 47, que si le pedían la papeleta con la que decía no a Franco y a su ley, se la comiese antes que entregarla.

También vio a su mujer de joven y se enamoró de nuevo al recordar cuánto le costó a ella convencer a sus padres para que la dejaran casarse con un hombre diez años más mayor. Y todos los momentos que pasaron juntos, como el nacimiento de las hijas, tres en total. A cada una la quiso como si nunca antes hubiese querido a nadie. Y se mezclaron todas las historias que les contaba y que luego repitió a sus nietos. Como la del niño que estaba en la luna porque no quería a sus padres y le había pedido al astro que lo acogiese. O la de la culebra María que se comió a un pastor después de que este la alimentara durante años. O mi preferida, la de aquellos animales que salían de la casa del tío Álvaro y tenían que enfrentarse al mundo y a los lobos con la única ayuda de su astucia. Poco a poco fue viendo cómo envejecía con rapidez, cómo las finas líneas sobre su cara se convertían en surcos, o cómo a su espalda le costaba soportar los años. Finalmente empezó a sentirse mal y ya sólo veía salas de espera, hospitales y medicinas, seguidos por una intensa claridad.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que había habido algo que unía toda su vida y de lo que no había logrado darse cuenta hasta esos transcendentales segundos, ese elemento de cohesión era el amor. A pesar de los pesares, siempre estuvo presente y es lo que le había hecho llegar hasta esa edad y a estar rodeado de su familia que le agradecía todo aquello que les dio. Murió como siempre había vivido, con resignación, generosidad, valentía y sobre todo con mucho amor. ¿Adónde va el amor cuando todo termina? Ese amor no se convierte en polvo, se mantiene, se reparte en múltiples direcciones.

Es por ello por lo que no puedo escribir fin, si acaso, continuará…


Francisco Rodríguez.

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