Los tres hermanitos











Había una vez tres hermanos que vivían en una apacible urbanización a las afueras de la gran ciudad en un país de pandereta. Los dos pequeños eran despreocupados y se habían pasado su juventud entre fiestas y afters, el mayor, que desde niño había sobresalido por su seriedad y rectitud, se dedicaba a la política. Este último, velando por sus hermanos, les hizo ver que sería bueno para ellos que encontraran un trabajo estable y un lugar para vivir. El pequeño que no había querido estudiar consiguió montar una empresa de construcción, le fue bien y con la ayuda del banco se compró una casa y un Audi A4 (tuneado y con las lunas tintadas). El mediano que era dentista se acababa de separar, al repartirse los bienes con su mujer le tocó un piso, pero no quería vivir en esa casa plagada de recuerdos y mediante una hipoteca-puente se compró un chalé en una lujosa urbanización con piscina y gimnasio comunitarios. El mayor, que no había dado problemas a sus padres, que se había sacado una oposición tras terminar la carrera y vestía con trajes hechos a medida, no pidió dinero a ningún banco. Echó mano de sus contactos dentro de la política y recalificó unos terrenos por aquí, hizo unas concesiones de obras por allá, mandó construir un aeropuerto en mitad de la nada y con lo que fue sobrando se hizo un casoplón sin poner un duro.

Tras el fin del boom inmobiliario y en medio de una crisis económica que acuciaba a medio país, el hermano pequeño perdió su empresa, tuvo que despedir a los trabajadores y sus bienes fueron embargados. El hermano dentista tampoco tuvo mucha suerte, pretendía vender el piso para pagar su nueva casa, pero no logró hacerlo, teniendo que pagar las dos hipotecas y hacer frente a un montón de deudas. Cada día aguantaban la presencia del cobrador del Frac vestido con disfraces ridículos como por ejemplo el de lobo, y por la mala imagen que eso daba ya no les ponían en lista en las discotecas de moda. El mayor, que como ya hemos dicho había sido el más juicioso no tuvo problemas porque hizo las cosas como se tienen que hacer, en B y mediante un banco suizo. Pese a su importante cargo no puedo evitar que a sus hermanos les quitaran las propiedades, sin embargo, les dio un trabajo como asesores en cargos de confianza. Aquellos jovenzuelos de cabeza despistada se convirtieron en señores respetables, de esos que visten con traje y corbata; ya no tuvieron miedo a la feroz banca porque ahora eran amigos y aprendieron una valiosa lección: El mejor material para construir una casa no es la paja, la madera o el ladrillo, es el papel; si lo sabes doblar en forma de sobres, puedes llegar muy lejos y hacer grandes cosas.

 Francisco Rodríguez

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