El discreto desencanto de la burguesía

Ellos son burgueses, pero lo que aparece en esta película documental no es discreto y no es encanto, es un desencanto cuyos protagonistas gritan desde un tono aprendido en buenos colegios, es un desencanto que no exteriorizan en sus gestos porque les han enseñado a acallar cualquier atisbo de sentimiento, es un desencanto, que sin embargo, no deja de estar presente.

El desencanto se ha convertido en una película de culto. Esta gira en torno a la familia Panero- Blanc que se reúnen en Astorga catorce años después de la muerte del poeta Leopoldo Panero. Este encuentro da lugar a una serie de relaciones, recuerdos y cuentas pendientes entre una familia que en apariencia era feliz hasta la muerte del padre. Fue rodada en 1976 por Jaime Chávarri. 

Siempre he sentido atracción por los personajes raros, inadaptados, por los locos, incluso tengo la capacidad de que acerquen a mí. Para otros puede ser una molestia, pero yo disfruto escuchando historias inverosímiles, punto de vistas llenos de imaginación, planteamientos sorprendentes. Por esto no es extraño que haya permanecido sin parpadear mientras asistía al visionado de esta película. Me hubiera encantado contemplar en directo cualquiera de las conversaciones entre la familia Panero, sin abrir la boca, claro, contemplándolos tan maravillado como la primera vez que fui a un zoo. 

El escenario, con edificios resquebrajados y medio en ruinas, es un trasunto de la historia de la familia. Una familia de nombre insigne que asiste a un fin de raza lamentable. La conversación hipnótica nos lleva hacia un final desastroso que se desarrolla en cámara lenta pero que nadie puede impedir. Al principio el documental es una cosa y luego se vuelve otra contraria, al igual que en El ángel exterminador de Buñuel los personajes aparecen inmersos en una representación, pero hay algo en su actitud que te hace pensar que las cosas no son como se muestran. Es con la aparición de Leopoldo María cuando el caserón de las buenas formas se desmorona, cuando todos se muestran cómo realmente son y cuando este carga contra todo, también contra sí mismo. Leopoldo María, no sabemos si loco o cuerdo en la realidad, en la película hace de loco, y como los locos que aparecen en los dramas de Lorca, es el único capaz de atisbar la realidad y soltar lo que piensa como un exabrupto.

Tanto él como los otros dos hermanos parecen haber iniciado una carrera por convertirse en el padre tras la muerte de este, los tres luchan por ser escritores. Leopoldo María se lleva la fama porque lo atrayente de la locura, Juan Luis nunca consigue demasiada celebridad y Michi se convierte en uno de esos casos de escritores sin obra. Los tres deslumbran con su brillantez y su resentimiento se materializa en cada diálogo.

También aparece el personaje de Felicidad Blanc, la viuda de Leopoldo Panero, una mujer atractiva, inteligente y con historia. Una mujer que es un misterio. Lo mismo le dice a su hijo Michi que sustituya la palabra “parir” por “dar a luz” para suavizarla que es capaz de escuchar impertérrita cómo su otro hijo, Leopoldo María, le cuenta que unos subnormales se la chupaban a cambio de tabaco en la cárcel, su intento de suicidio o su consumo de drogas. 

A los personajes no se les juzga, no ha visión maniquea en la forma de presentarlos. Ellos hacen un acto de sinceridad y exhibicionismo y nosotros asistimos a este documental, una mezcla entre reality y terapia de grupo, y por el camino nos llevamos una serie de buenas risas pero también de profundos arañazos, todo ello con la boca abierta. Porque esta familia tan acostumbrada a la palabra aquí la usan como dardo contra ellos mismos y contra un padre casi asunte. Y digo casi porque aparece en forma de estatua, atado y amordazado, y por medio de unas palabras finales, un epitafio escrito antes de morir:

Ha muerto
acribillado por los besos de sus hijos,
absuelto por los ojos más dulcemente azules
y con el corazón más tranquilo que otros días,
el poeta Leopoldo Panero,
que nació en la ciudad de Astorga
y maduró su vida bajo el silencio de una encina.
Que amó mucho,
bebió mucho y ahora,
vendados sus ojos,
espera la resurrección de la carne
aquí, bajo esta piedra.

Este documental es lo más real que he visto a través de una pantalla, ningún guionista sería capaz de crear diálogos tan rápidos, elegantes y certeros. La película se hace sola y se expande ante nuestra mirada. Nos introducimos a un microcosmos que nos maravilla y nos engancha, da igual si nunca has oído hablar de Leopoldo Panero o de sus descendientes. Muy recomendable para los amantes del cine, para los admiradores de los locos-genios y para los que interesados en la literatura. Pero que nadie se enfrente a ello como un biopic al uso, es algo así como una biopsia. 

Francisco Rodríguez.

No hay comentarios:

Publicar un comentario