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Año nuevo


Que la gente a la que yo quiero siga queriéndome. Que mis hijos mayores sigan navegando por la adolescencia con amores contrariados y sin heridas mortales. Que los Reyes Magos acierten con los regalos de mi hija pequeña. Que mis amigos quieran seguir siendo mi familia. Que los cadáveres de mis enemigos -y de los enemigos de mis amigos- pasen por la puerta de mi casa en ataúdes metafóricos y eficaces, pero no tan peligrosos para que me sienta culpable de su destino. Que mi novela salga a tiempo, sin errores y sin erratas. Que los terroristas equivoquen la puntería. Que el invierno sea breve, la primavera larga y el verano caluroso. Que la izquierda española resucite. Que la derecha española se debilite. Que el alcalde de Madrid deje de quitarme el sueño. Que a las autoridades económicas del primer mundo se les ocurra la posibilidad de ahorrar en el sufrimiento de las personas. Que se globalicen la dignidad y el futuro. Que mis amigos argentinos vuelvan a ser prósperos y felices. Que mis amigos cubanos no pierdan las ganas de seguir bailando. Que Pilar del Castillo dimita. Que el gobierno retire la Ley Orgánica de Universidades. Que esa imprescindible minoría de gente que lee libros sea un poco mas numerosa cada día que pasa. Que reine la justica poética. Que reine única y exclusivamente la justicia poética. que los esfuerzos que merecen la pena encuentren alguna recompensa. Que no se recompense más a quien vive del cuento, excepto en el caso de los buenos escritores de cuentos. Que la programación de las cadenas de televisión deje de dar vergüenza ajena. que se recuerde a Caro Giuliani, para que a la injusticia tremenda de su muerte no se sume el crimen inconcebible de otras muertes iguales. Que ETA abandone la lucha armada. Que las fuerzas armadas de Estados Unidos de América solo salgan de sus cuarteles para hacer maniobras en el desierto un par de veces al año. Que encuentren de una vez una vacuna contra el sida. Que Francis Fukuyama enferme de algo malo. Que el entierro de la peseta sea tan indoloro y festivo como el de la sardina. Que el euro nos sea propicio, y el Mundial de fútbol, lo más leve posible. Que Xabier Arzallus deje de salir por la televisión. Que los medios no sigan difundiendo por sistema las opiniones de la Conferencia Episcopal sobre cualquier asunto, le concierna o no. Que se legalice sensatamente el consumo de drogas. Que los traficantes de drogas se queden en el paro. Que se legalice sensatamente la prostitución. Que los tratantes de esclavos se queden en el paro. Que se legalice sensatamente la inmigración. Que los traficantes de personas se queden en el paro. Que las practicas de mutilación sexual infantil se penalicen con toda la dureza que sea precisa para erradicarlas. Que la literatura vuelva a ser una asignatura independiente de la lengua en los programas educativos de las enseñanzas medias. Que no haga falta que los escritores se plagien los unos a los otros para que la gente hable de libros en los bares. Que se vuelva a enseñar latín en los colegios. Que se recupere para siempre -en los libros de texto, en el lenguaje político y en las pensiones de jubilación- la memoria de la Segunda República Española como el glorioso proyecto cuya memoria nos sigue siendo injusta y sistemáticamente arrebatada. Que se deje de llamar nacional al ejercito rebelde. Que los barcos de pesca no naufraguen. Que los aviones de pasajeros no se caigan. Que la policía no cargue contra los manifestantes. Que los parias de la Tierra se levanten. Que los burkas de cualquier naturaleza se pudran por igual en los baúles. Que los torturadores agonicen. Que los dictadores se suiciden. Que los ladrones se arruinen. Que los mafiosos se queden solos. Que los desaparecidos aparezcan. Que todos los niños vivan sin trabajar. Que rodas la niñas tengan derecho a vivir. Que los viejos se queden dormidos sin saber que ya no despertaran. Que Ulises siga encontrando su camino a casa. Que -como dice Joaquín Sabina, al que le he copiado la idea de este artículo- los que matan se mueran de miedo. Y que ustedes me sigan leyendo. 


Feliz año nuevo. 

Almudena Grandes, Mercado de Barceló

Yo soy Estambul












¡Soy Estambul, ciudad de ciudades, señora de las metrópolis, comunidad de poetas, trono de emperadores, favorita de los sultanes, perla del mundo! Mi nombre es Estambul y mis súbditos se llaman a sí mismos «estambulitas». De todas las ciudades del mundo, soy sin duda la más espléndida, misteriosa y terrible, una ciudad en cuyas costas los paganos, cristianos, judíos y no creyentes, amigos y enemigos por igual, han encontrado un refugio seguro a lo largo de los siglos, un lugar donde conviven el amor y la traición, el placer y el dolor. 

Yo, hija de Poseidón, milagro de los argonautas, emperatriz de las ciudades medievales, precursora de una nueva era, cuya estrella vuelve a brillar en el siglo veintiuno, soy la ciudad de la prosperidad y la ruina, de la derrota y de las buenas nuevas. Estambul es mi nombre. ¡Estambul soy yo! Lugar de extremos, donde toda la gama de emociones humanas se experimenta a un mismo tiempo, desde la más sublime a la más vil, desde la más noble a la más baja. ¡Yo! Mi nombre es Estambul, arcángel eterno y diosa de las ciudades. Los pueblos vienen y se van, y dejan una marca en mi alma; he visto su esplendor y su decadencia; los he visto nacer para después ser testigo de su declive; yo guardo sus vestigios mezclados en mis aljibes y panteones subterráneos.

Azul como la esperanza, verde como el veneno, rosácea como el amanecer; yo soy Estambul; estoy en el árbol de Judas, en la acacia, en la lavanda. ¡Soy azul turquesa! Soy lo insondable; la musa de la posibilidad, la vitalidad, la creatividad.

Mi nombre es Estambul. Así es como me llaman, y como me han llamado de un siglo a esta parte; pero he sido Constantinopla, ciudad de Constantino; empecé como Bizancio, y tuve muchos nombres desde entonces: la puerta de la felicidad celestial, Dersaadet, Dar’üssadet, Nueva Roma, Asitane, Daraliye, He Polis, Tsargrad, Stamboul, Qustantaniyyeh... Los mortales son así. ¡Siempre cambiando nombres, leyes y fronteras! Yo me río de los que se toman a sí mismos tan en serio en su efímero mundo mortal hecho de falsas ilusiones, miedos y sombras. Si a alguien se le hubiera ocurrido consultarme, yo hubiera escogido «Reina de todo aquello que contemplo», ya que eso es lo que soy, al fin y al cabo. Soy reina de reinas, ciudad de ciudades; he caminado con emperadores y sultanes, compartido las confidencias de viajeros y poetas. Autores en ciernes todavía hacen cola para escribir sobre mí. De hecho, ¡aquí mismo llega uno ahora!

Incluso el alma de una ciudad grande y noble puede sentir esa carga. Últimamente, me he sentido inquieta. Para no hacerme daño a mí misma ni a los quince millones de personas que residen en mí, busco distracción. Por eso he escogido este día para centrar mi atención en Yesilköy, mi vieja «Aldea Verde», ahora mi cara más moderna, donde se encuentra lo que llaman el «Aeropuerto Atatürk».

Este lugar empezó a ser conocido como Ayastefanos allá por el año 395 o 495, ahora no me acuerdo con exactitud. En la noche de aquella aterradora tempestad, mis invitados bizantinos todavía vivían aquí, y el pequeño barco que tenía que transportar los restos de San Estéfano a Roma se vio obligado a refugiarse en este puerto. Lo recuerdo como si fuera ayer. Me causaron un gran sufrimiento, cosa que, como es natural, desató la tormenta. Fue realmente una noche espantosa, con una tempestad cegadora. Los restos del santo languidecieron en el puerto a la espera de que amainara el temporal, pero su cuerpo nunca partió de aquel lugar y la iglesia donde finalmente fue enterrado recibió el nombre de Aya Stefanos, y de ahí el nombre del barrio: Ayastefanos.
Cientos de años más tarde, en 1926 o 1927, mucho después de la llegada de mis invitados turcos, el autor Halit Ziya Us, aklıgil, quien tenía predilección por aquel lugar, le puso un nuevo nombre: Yesilköy, y así se ha llamado desde entonces.

El motivo por el que hoy he dirigido la mirada hacia el aeropuerto es que quiero disfrutar del regreso de una ciudadana de Estambul que, hace muchos años, hizo las maletas con la ilusión de que me abandonaba para siempre. Me apetece divertirme un poco. Está furiosa conmigo desde hace exactamente trece años; huyó lejos de mí y mírala ahora, regresando a toda prisa. En breve, entrará en contacto con mi pista de aterrizaje. Se llama Belgin. Me proporciona un placer especial dar una buena acogida a aquellos mortales que, como ésta, partieron enfurecidos prometiendo no volver jamás y ahora regresan. Inevitablemente siempre encuentran algún pretexto para hacerlo. En este caso, Belgin de Bebek afirma haberse enamorado del escultor Ayhan de Adana, que ahora también vive en Estambul. 

Lo he visto una y otra vez; a lo que son realmente adictos es a mi amor. Pero este amor por Estambul no es un amor de naturaleza mortal. Siempre me llevan en sus corazones y, por eso, a mí deben regresar: tienen morriña, apego, me echan de menos, sus corazones arden en llamas a causa de un amor inextinguible que jamás podrán encontrar en ningún otro lugar. Un estambulita nunca deja de serlo. Soy la última canción en los labios de los desterrados moribundos. Soy dolor y poesía. Incluso para quienes imaginan que me han dejado por voluntad propia sigo siendo, de por vida, el hogar perdido, ya que soy el olor de la tierra, el olor salobre de la brisa marina, el material del que están hechos los sueños. Soy Estambul. Ciudad de la magia, ciudad de encantamientos, objeto del deseo del mundo.

Y, durante milenios, nadie ha logrado dejarme de verdad. ¡No dejaré que me abandonen! ¡No permitiré que haya desertores! Mi nombre es Estambul.







Buket Uzuner, Gentes de Estambul.

Cristo en la cruz














Cristo en la cruz. Los pies tocan la tierra.
Los tres maderos son de igual altura.
Cristo no está en el medio. Es el tercero.
La negra barba pende sobre el pecho.
El rostro no es el rostro de las láminas.
Es áspero y judío. No lo veo
y seguiré buscándolo hasta el día
último de mis pasos por la tierra.
El hombre quebrantado sufre y calla.
La corona de espinas lo lastima.
No lo alcanza la befa de la plebe
que ha visto su agonía tantas veces.
La suya o la de otro. Da lo mismo.
Cristo en la cruz. Desordenadamente
piensa en el reino que tal vez lo espera,
piensa en una mujer que no fue suya.
No le está dado ver la teología,
la indescifrable Trinidad, los gnósticos,
las catedrales, la navaja de Occam,
la púrpura, la mitra, la liturgia,
la conversión de Guthrum por la espada,
la inquisición, la sangre de los mártires,
las atroces Cruzadas, Juana de Arco,
el Vaticano que bendice ejércitos.
Sabe que no es un dios y que es un hombre
que muere con el día. No le importa.
Le importa el duro hierro con los clavos.
No es un romano. No es un griego. Gime.
Nos ha dejado espléndidas metáforas
y una doctrina del perdón que puede
anular el pasado. (Esa sentencia
la escribió un irlandés en una cárcel.)
El alma busca el fin, apresurada.
Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto.
Anda una mosca por la carne quieta.
¿De qué puede servirme que aquel hombre
haya sufrido, si yo sufro ahora?

Jorge Luis Borges.

Cuento sin "u".


Caminaba distraídamente por el camino y de pronto lo vio.

Allí estaba el imponente espejo de mano al costado del sendero, como esperándolo.

Se acercó, lo alzó y se miró en él. Se vio bien.

No se vio tan joven, pero los años habían sido bastante bondadosos con él.

Sin embargo había algo desagradable en la imagen de sí mismo.

Cierta rigidez en los gestos lo conectaba con los aspectos más agrios de la propia historia:

La bronca,

el desprecio,

la agresión,

el abandono,

la soledad.

Sintió la tentación de llevárselo, pero rápidamente desechó esa idea.

Ya había bastantes cosas desagradables en el planeta para cargar con otra más.

Decidió irse y olvidar para siempre ese camino y ese espejo insolente.

Caminó por horas tratando de vencer la tentación de volver atrás hacia el espejo.

Ese misterioso objeto lo atraía como los imanes atraen a los metales.

Resistió y aceleró el paso.

Tarareaba canciones infantiles para no pensar en esa imagen horrible de sí mismo.

Corriendo, llegó a la casa donde había vivido desde siempre, se metió vestido en la cama

y se tapó la cabeza con las sábanas.

Ya no veía el exterior, ni el sendero, ni el espejo, ni la imagen de él mismo reflejada en el espejo;

pero no podía evitar la memoria de esa imagen:

la del resentimiento,

la del dolor,

la de la soledad,

la del desamor,

la del miedo,

la del menosprecio.

Había ciertas cosas indecibles e impensables...

....Pero él sabía dónde había empezado todo esto.

Empezó esa tarde, hace treinta y tantos años...

El niño estaba tendido, llorando frente al lago el dolor del maltrato de los otros.

Esa tarde el niño decidió borrar, para siempre, la letra del alfabeto.

Esa letra.

Esa.

La letra necesaria para nombrar al otro si está presente.

La letra imprescindible para hablarle a los demás, al dirigirles la palabra..

Sin manera de nombrarlos dejarían de ser deseados...

y entonces no habría motivo para sentirlos necesarios...

y sin motivo ni forma de invocarlos, se sentiría, por fin, libre.....


EPÍLOGO:

Escribiendo sin "U"

puedo hablar hasta el cansancio de mí,
de lo mío, del yo,
de lo que tengo,
de lo que me pertenece...

Hasta puedo escribir de él,
de ellos
y de los otros.

Pero sin "U"

no puedo hablar de ustedes,
del tú,
de lo vuestro.
No puedo hablar de lo suyo,
de lo tuyo,
ni siquiera de lo nuestro.

Así me pasa...

A veces pierdo la "U"....
y dejo de poder hablarte,
pensarte, amarte, decirte.

Sin "U" yo me quedo pero tú desapareces...
Y sin poder nombrarte,
¿cómo podría disfrutarte?

Como en el cuento... si tú no existes,
me condeno a ver lo peor de mí mismo
reflejándose eternamente,
en el mismo mismísimo tonto espejo.


Jorge Bucay (Cuentos para pensar)

Soneto a tus vísceras.












Harto ya de alabar tu piel dorada,
tus externas y muchas perfecciones,
canto al jardín azul de tus pulmones
y a tu tráquea elegante y anillada.
Canto a tu masa intestinal rosada
al bazo, al páncreas, a los epiplones,
al doble filtro gris de tus riñones
y a tu matriz profunda y renovada.
Canto al tuétano dulce de tus huesos,
a la linfa que embebe tus tejidos,
al acre olor orgánico que exhalas.
Quiero gastar tus vísceras a besos,
vivir dentro de ti con mis sentidos...
Yo soy un sapo negro con dos alas.

Baldomero Fernández Moreno

Me gustas cuando...

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. 
Parece que los ojos se te hubieran volado 
y parece que un beso te cerrara la boca. 

Como todas las cosas están llenas de mi alma 
emerges de las cosas, llena del alma mía. 
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma, 
y te pareces a la palabra melancolía. 
Me gustas cuando callas y estás como distante. 
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo. 
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza: 
Déjame que me calle con el silencio tuyo. 

Déjame que te hable también con tu silencio 
claro como una lámpara, simple como un anillo. 
Eres como la noche, callada y constelada. 
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo. 

Me gustas cuando callas porque estás como ausente. 
Distante y dolorosa como si hubieras muerto. 
Una palabra entonces, una sonrisa bastan. 
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

Pablo Neruda

+++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++
Me gustas cuando dices tonterías,
cuando metes la pata, cuando mientes,
cuando te vas de compras con tu madre
y llego tarde al cine por tu culpa.
Me gustas más cuando es mi cumpleaños
y me cubres de besos y de tartas,
o cuando eres feliz y se te nota,
o cuando eres genial con una frase
que lo resume todo, o cuando ríes
(tu risa es una ducha en el infierno),
o cuando me perdonas un olvido.
Pero aún me gustas más, tanto que casi
no puedo resistir lo que me gustas,
cuando, llena de vida, te despiertas
y lo primero que haces es decirme:
«Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno».

Luis Alberto de Cuenca.

Sonetos de la muerte.


















Del nicho helado en que los hombres te pusieron,
te bajaré a la tierra humilde y soleada.
Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,
y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

Te acostaré en la tierra soleada con una
dulcedumbre de madre para el hijo dormido,
y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna
al recibir tu cuerpo de niño dolorido.

Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,
y en la azulada y leve polvareda de luna,
los despojos livianos irán quedando presos.

Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,
¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna
bajará a disputarme tu puñado de huesos!

Gabriela Mistral

Medio pan y un libro.











Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. «Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada. 

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros? 

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fiedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!». Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida. 

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: «Cultura». Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz. 


Federico García Lorca, en 1931, discurso con motivo de la inauguración de una biblioteca en Fuentevaqueros. 

El cisne de Neruda












Ahora voy a contarles alguna historia de pájaros. En el lago Budi perseguían a los cisnes con ferocidad. Se acercaban a ellos sigilosamente en los botes y luego rápido, rápido remaban; Los cisnes, como los albatros, emprenden difícilmente el vuelo, deben correr patinando sobre el agua. Levantan con dificultad sus grandes alas. Los alcanzaban y a garrotazos terminaban con ellos.
          Me trajeron un cisne medio muerto. Era una de esas maravillosas aves que no he vuelto a ver en el mundo, el cisne cuello negro. Una nave de nieve con el esbelto cuello como metido en una estrecha media de seda negra. El pico anaranjado y los ojos rojos.
         Esto fue cerca del mar, en Puerto Saavedra, Imperial del Sur.
         Me lo entregaron casi muerto. Bañé sus heridas y le empujé pedacitos de pan y de pescado a la garganta. Todo lo devolvía. Sin embargo fue reponiéndose de sus lastimaduras, comenzó a comprender que yo era su amigo. Y yo comencé a comprender que la nostalgia lo mataba. Entonces, cargando el pesado pájaro en mis brazos por las calles, lo llevaba al río. 
         Él nadaba un poco, cerca de mí. Yo quería que pescara y le indicaba las piedrecitas del fondo, las arenas por donde se deslizaban los plateados peces del sur. Pero él miraba con ojos tristes la distancia.
        Así, cada día, por más de veinte, lo llevé al río y lo traje a mi casa. El cisne era casi tan grande como yo. Una tarde estuvo más ensimismado, nadó cerca de mí, pero no se distrajo con las musarañas con que yo quería enseñarle de nuevo a pescar. Se estuvo muy quieto y lo tomé de nuevo en brazos para llevármelo a casa. Entonces, cuando lo tenía a la altura de mi pecho, sentí que se desenrollaba una cinta, algo como un brazo negro me rozaba la cara. Era su largo y ondulante cuello que caía. Así aprendí que los cisnes no cantan cuando mueren.

Pablo Neruda


Baílame el agua (Fragmento).











Prefiero morir vicioso y feliz a vivir limpio y aburrido. Prefiero encontrar una estrella en el fango a cuatro diamantes sobre un cristal. Prefiero que la estrella queme, sea fuego, a un tacto rezumante de frialdad. Prefiero besar el duro suelo veinte veces para llegar una sola vez a lo más alto a escalar poco a poco, sin caer nunca pero sin llegar jamás a la cima. Prefiero que me duela a que me traspase, que me haga daño a que me ignore. Prefiero sentir. Prefiero una noche oscura y bella, sucia y hermosa, a un montón de días claros que no me digan nada. Prefiero una cadena a un bozal. Prefiero quedarme en la cama todo el día pensando en mi vida a levantarme para pensar en la de otros. Prefiero un gato a un perro. Porque el gato te araña, es infiel, te ignora, se escapa, pero sabes que, a pesar de todo, no podría vivir sin ti. En cambio, el perro es tonto, no sabe nada, te obedece hasta el absurdo. Prefiero las mujeres gato a las mujeres perro, por las mismas razones. Prefiero el mar a la montaña. La vida es una noche tumbado en la playa, mirando las estrellas sin verlas, soñando despierto, dejando que la arena se cuele entre los dedos de mis pies, embriagado de todo. Y la noche, siempre la noche. Nunca a la luz del sol. La noche es mágica. Me hace vivir, no pensar. Me pone en movimiento. Rompe mis esquemas. Prefiero las noches frescas de verano, andar con poca ropa, sentarme en el suelo y meterme algo de vida en el cuerpo. La mañana me sabe a dolor de cabeza. Me da sueño. Me quita las ganas de hablar. Me recuerda que soy mortal. Me recuerda que soy normal. La noche me hace único. Prefiero el color de la sangre y el de la gris niebla que difumina las cosas. Si sabe que prefiero el frío cuero, ¿por qué se viste con el traje de terciopelo? Se me escurre entre los dedos... Prefiero experimentar las cosas, aunque me hagan mal. Aunque me hiervan la sangre. Prefiero probarlo todo a morirme sin saber lo que me gusta. Y, más que nada, prefiero la vida que dan sus besos de caramelo y la suave caricia de su piel caliente.

Daniel Valdés


La Mano Vacía (11M)

















Ahora entiendo
por qué hace miles de años
en el cosmos del invierno
tú fuiste hacia el fondo de la cueva
y pintaste la mano vacia
con el pigmento en llamas
de la onomatopeya más helada.
Así quedó
en el vientre de la custodia
el tatuaje de tus brazos amputados,
el beso de tus labios desollados.
En la mano vacía
se abrió un pasadizo
al campo de lo imborrable
a la madre de los ojos.
Aquella mano
puso fin a la pintura de los bisontes,
a las escenas de caza,
a la magia,
a lo sagrado, a la decoración,
al gabinete de curiosidades.
Tu mano vacía era una forma extraña.
Lo contenía todo
y en ella lloraba, en cuclillas, la nada.

Manuel Rivas (La desaparición de la nave).

Botella al mar para el dios de las palabras[Discurso ante el I Congreso Internacional de la Lengua Española -Texto completo]

A mis doce años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ¡Cuidado! El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: «¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?» Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor que tenían un dios especial para las palabras.

Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor. No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.

La lengua española tiene que prepararse para un oficio grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de  diecinueve millones de kilómetros cuadrados y cuatrocientos millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga cincuenta y cuatro significados, mientras en la República de Ecuador tienen ciento cinco nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aún no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero dijo: «Parece un faro». Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es «la color» de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cerveza que sabe a beso?

Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo venturo como Pedro por su casa. En ese sentido me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los qués endémicos, el dequeísmo parasitario, y devuélvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?

Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que le lleguen al dios de las palabras. A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis doce años. 

Gabriel Carcía Márquez

Sé todos los cuentos











Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen los cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.
Y no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.

León Felipe

Adiós ríos, adiós fontes.

No puedo quitarme este poema de la cabeza, será porque en menos de un mes me iré lejos y cambiaré " a amigos por extraños y la aldea que conozco por un mundo que no vi"



Adiós, ríos; adios, fontes;
adios, regatos pequenos;
adios, vista dos meus ollos:
non sei cando nos veremos.
Miña terra, miña terra,
terra donde me eu criei,
hortiña que quero tanto,
figueiriñas que prantei,
prados, ríos, arboredas,
pinares que move o vento,
paxariños piadores,
casiña do meu contento,
muíño dos castañares,
noites craras de luar,
campaniñas trimbadoras,
da igrexiña do lugar,
amoriñas das silveiras
que eu lle daba ó meu amor,
camiñiños antre o millo,
¡adios, para sempre adios!
¡Adios groria! ¡Adios contento!
¡Deixo a casa onde nacín,
deixo a aldea que conozo
por un mundo que non vin!
Deixo amigos por estraños,
deixo a veiga polo mar,
deixo, en fin, canto ben quero...
¡Quen pudera non deixar!...
.........................................
Mais son probe e, ¡mal pecado!,
a miña terra n'é miña,
que hastra lle dan de prestado
a beira por que camiña
ó que naceu desdichado.
Téñovos, pois, que deixar,
hortiña que tanto amei,
fogueiriña do meu lar,
arboriños que prantei,
fontiña do cabañar.
Adios, adios, que me vou,
herbiñas do camposanto,
donde meu pai se enterrou,
herbiñas que biquei tanto,
terriña que nos criou.
Adios Virxe da Asunción,
branca como un serafín;
lévovos no corazón:
Pedídelle a Dios por min,
miña Virxe da Asunción.
Xa se oien lonxe, moi lonxe,
as campanas do Pomar;
para min, ¡ai!, coitadiño,
nunca máis han de tocar.
Xa se oien lonxe, máis lonxe
Cada balada é un dolor;
voume soio, sin arrimo...
¡Miña terra, ¡adios!, ¡adios!
¡Adios tamén, queridiña!...
¡Adios por sempre quizais!...
Dígoche este adios chorando
desde a beiriña do mar.
Non me olvides, queridiña,
si morro de soidás...
tantas légoas mar adentro...
¡Miña casiña!,¡meu lar!


Cantares Galegos, 15
ROSALÍA DE CASTRO


Amor constante más allá de la muerte.















Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso lisonjera;

mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas, que humor a tanto fuego han dado,
médulas, que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Francisco de Quevedo.

La voz humana.














El dormitorio de una mujer. A la izquierda, un gran lecho desordenado. A la derecha, puerta que da a un cuarto de baño encendido. Una mesita con un teléfono. Una silla baja. Algunos libros. La luz de una lámpara.

La mujer está en el suelo. Después de una pausa se medio incorpora, cambia de posición y vuelve a dejarse caer. Final­mente se alza, se echa un abrigo sobre los hombros y va hacia la puerta.

Suena el teléfono. La mujer deja caer el abrigo y se precipita hacia el auricular.

Desde ese mismo instante va a hablar sin interrupción: de frente, de espaldas, de perfil, en pie, de rodillas, sentada o pa­seando. Al acabar caerá derribada sobre la cama abandonando el auricular.

En realidad, cambiará de actitud con cada bloque expresivo: el del perro, el de la mentira o el del abandono. Su desconsuelo no se refleja en la elocución del texto sino en su gestualidad.

Hay un gran predominio del color blanco.

El autor propone a la actriz que abandone la ironía, la amargura y la expresión directa del subtexto de mujer destrozada. Se trata, simplemente, de una mujer muy enamorada, con pocos recursos intelectuales, que lucha hasta el final para arrancar al hombre una confesión sincera y para que, al menos, se salve así la memoria limpia del amor anterior.

La imagen continua que el autor desearía que se transmitiese al público es la de un animal herido que se desangra y que realmente inunda al final de sangre verdadera todo el espacio escénico.

ELLA—¿Diga? Hola. Diga, diga. No, no es aquí… No, señora, debe haber un cruce… La oigo muy mal… Es un cruce, sí… Pues claro, cuelgue… ¿Qué?… Con otro número. ¿Qué más quiere saber?… ¡Por favor!… Sí, dígame… Colgar… colgar… ¿Cuántas veces quiere que se lo repita? Señorita, por favor, señorita… Déjelo ya señora… ya está bien… No, esta no es la clínica… No es cero siete, es cero ocho… Bueno, esto es idio­ta… de locos… y yo que sé, señora… no es a usted, es a mí a quien llaman…

(Cuelga, pero no retira la mano del aparato que vuelve a sonar. Descuelga.)

Sí, hable… Pero, señora. ¿No comprende que yo no puedo hacer nada?… ¿Y a mí qué me importa si usted está nervio­sa?… Le digo que no… La culpa sería suya, claro que sí… de usted… Hola… Sí, señorita… ¿Me oye? operadora… Ah, por fin… Que me están llamando, señorita, y no consigo hablar… Sí, un cruce… Por favor, dígale a esa abonada que cuelgue de una vez, para que yo pueda hablar…

(Vuelve a colgar. El teléfono suena nuevamente.)

¿Sí?… Sí, sí… menos mal… ¿me oyes?… ¿Eres tú?… ¿me oyes ahora? Sí, yo… no, es terrible… te oigo lejísimo… en el fin del mundo… ¿Diga?… ¡Esto es de locos!… oigo muchísimas voces… todas a la vez… Vuelve a intentarlo… Que me llames otra vez… No, no, tú… QUE-ME-LLA-MES-OTRA­-VEZ… Señora o señorita o lo que sea ¿quiere callarse ya?… ¿Cuántas veces tengo que explicarle que esta no es ninguna clínica? Hola… Hola…

(Cuelga nuevamente y el timbre suena otra vez.)

Al fin, por fin… Al fin te oigo… Sí, bastante bien… Sí, sí… Era una tortura, te oigo en medio de un tumulto… no… no… sí…, pues casi por casualidad… todavía no hace ni un cuarto de hora que he llegado a casa… ¿Me habías llamado antes?… Ya, sí, sí… No, no he cenado aquí… Marta me invitó a su casa… Pues deben de ser las once y cuarto, once y veinte… ¿Es que no estás en tu casa?… Entonces. ¿Y qué hora tiene ese reloj?… Eso, lo que yo te he dicho… Claro, naturalmente… La noche de ayer, la noche de ayer… Ah, sí, me acosté en seguida, y tomé una pastilla porque no conseguía dormirme… Claro… sólo una… Era muy temprano, alrededor de las nue­ve… Seguramente… tenía un poco de jaqueca, pero en seguida se me fue… He almorzado aquí con Marta y luego he dado una vuelta para hacer unas cuantas compras… Muy rápido… Al llegar aquí lo primero que he hecho ha sido poner todas tus cartas en ese bolsón amarillo… ¿Lo recuerdas? ¿Después?… ¿Cómo?… Sí, por supuesto, una se conforma con todo en esta vida… ¡Qué remedio!… Jurado… Sí que soy valiente, sí que lo soy… ¿Luego? Pues nada, arreglarme hasta que vino Marta y salir con ella… Sí, claro, de su casa aquí… Es muy buena amiga… mucho… es una persona estupenda… Sí, claro, da esa impresión, pero luego es un ángel… tú me lo dijiste, tenías razón, como siempre… El traje salmón y la piel clara esa… ¡Pues el sombrero negro, aquel que compramos juntos…! ¡Ni siquiera me lo he quitado todavía! ¡No me has dado tiempo!… ¿Qué dices?… Fumando nada… tres cigarrillos en veinticuatro horas… que sí, que me puedes creer, que te lo juro… y… bueno, cuéntame algo de ti… ¿Llegas ahora a casa?… Ah, no has salido… Asunto. ¿Que asunto?… Ah, ya, el pleito ese… Sí, ya me acuerdo…, pero descansa un rato… no puedes tra­bajar de esa forma… ¡Alló! ¡Oiga!… Habla, habla, es que parece que se va a cortar… Oye, si se corta vuelve a llamarme en seguida… Claro que sí… ¿Me oyes? ¿Me oyes? Sí, sí, soy yo… ¿En el bolso? Pues todas las cartas, las tuyas y las mías… Sí, ya puedes mandar por él cuando te convenga… ¡Cómo no va a ser triste!… Lo es… Sí, que lo entiendo… No, cariño, no, no me des más explicaciones, la tonta soy yo… Eres muy bueno… y muy cariñoso… Tampoco yo creí que iba a poder resistirlo… No sé de que te asombras… menos de lo que crees… Parezco una sonámbula… Me levanto, me arreglo, entro, salgo, y casi no me entero de lo que estoy haciendo… A lo mejor mañana no puedo, pero hoy, todavía… ¿A ti?… A ti no, amor mío, tú no tienes por qué sentirte culpable de nada… ¿Qué? No, espera, déjame… yo… claro que pasan estas cosas… Lo sé muy bien… y no me arrepiento… Dijimos que seríamos siempre francos el uno con el otro… Siempre… Es mucho mejor que si hubieses esperado al último instante para decírmelo… Eso… eso habría sido demasiado cruel… Entonces me habría dolido mucho más… Así voy haciéndome poco a poco a la idea y… me habitúo… trato de entenderlo… ¿Teatro? ¿Qué dices?… oiga… ¿Estás ahí? No estoy echándole ningún teatro… ¿Cómo puedes creer que…? Tú me conoces mejor que nadie… Sabes que no sé fingir… Nunca… nunca… nunca… completamente tranquila… si te estuviese escondiendo algo me lo notarías en la voz… Sí… te dije que quería ser valiente y lo voy a ser… ¿El qué?… Bueno, eso es muy distinto… De acuerdo, todos nos engañamos cuando conviene… Cuesta mu­cho aceptar las situaciones definitivas… ¡mira que te gusta exagerar las cosas! Te juro que he tenido tiempo para hacerme a la idea… Y eso también te lo debo… Has sabido dormirme, mimarme. No te faltó más que anestesiarme… lo preparaste muy bien… Íbamos contracorriente… No hemos querido renunciar a cinco años de felicidad y ahora tenemos que pagar el precio… Pero eso lo supimos desde el principio, desde el primer día… Yo, por lo menos… Jamás pensé que se iba a producir un milagro… Así que… ha valido la pena… y no me duele pagar… ¿Qué? ¿Oiga?… Nada… que no me duele pagar porque ha valido la pena… QUE-HA-VALIDO-LA­-PENA Ya lo creo… sí…, estás muy equivocado… mucho… He salvado lo que tenia que salvar… ¿Oiga?… lo que yo misma he querido salvar… y he sido muy feliz contigo… muy feliz… Ah, déjame a mí hablar un momento… Nunca te reprocharé nada… absolutamente nada… Si es que hay culpas son todas mías… ¡Pues claro! ¿Es que no te acuerdas de aquella carta que te escribí y de aquel domingo en Versailles?… Fui yo, claro que fui yo, quien se empeñó en ir y en no dejarte hablar y en decirte claramente que no me importaba nada de nada… ¿Qué? No, no… tienes muy mala memoria… Primero te llamé yo a ti… fue un martes, me acuerdo perfectamente… segura es poco… Un veintisiete, martes… Tú me pusiste un telegrama la víspera… el veintiseis, y lo recibí por la tarde… Pero, ¿cómo se me van a olvidar esas fechas?… ¿Tu madre te ha dicho eso?… Pues no lo sé… eso no tiene ninguna impor­tancia… Todavía no lo he pensado… Bueno, a lo mejor, sí… Cuanto antes ¿no te parece?… ¿Y tú?… ¿Mañana, ya?… Pensé que no tenías tanta prisa… Bueno, espera un momento, en­tonces… No, complicado, no… Le dejaré la bolsa al portero mañana temprano… Así lo puede recoger José a cualquier hora… ¿Quién, yo?… Pues la verdad es que todavía no lo sé… No sé si quedarme aquí o irme con Marta unos días al campo, a su casa… ¿Dónde va a estar? Aquí… Pobrecillo, no entiende nada… No ladra, no… Pero ayer se paso el día entero husmeando del salón al cuarto y del cuarto al salón… De vez en cuando me miraba y se le ponían las orejas tiesas… Trataba de oírlo todo… Recorría el piso buscándote… Yo creo que a veces se enfadaba conmigo porque yo estaba sentada sin ayudarle a encontrarte… Creo que te lo debías llevar tú… Aquí se puede enloquecer… No creo, es demasiado perro para una mujer sola… conmigo se sentiría mal… Eres tú quien le ha sacado siempre de paseo… sí, llévatelo, llévatelo… Es mucho más fácil que se olvide de mí que de ti.. Pensaremos cualquier cosa… Eso no es difícil…, pues dices que te lo ha regalado un amigo que tenía que marcharse… que venga José a buscarlo, José le gusta… te lo mandaré con el collar de cuero rojo y acuérdate de que está sin placa… Bueno, ya pensaremos eso… De acuerdo… De acuerdo, amor mío… que sí… que sí amor mío, que lo entien­do… ¿Qué? ¿De qué guantes hablas?… ¿Los de piel?… Sí, los que llevabas en el auto… Pues, no lo sé, no me he dado cuenta… si se hubiesen quedado aquí, yo creo que los habría visto, Pero… no cortes…, espera un segundo… ahora mismo los busco…

(En la mesita, tras la lámpara hay unos guantes masculinos. Ella los besa y los apreta contra su cara.)

¿Oye?, no, nada… Aquí no están… Por el salón, desde luego, no… mira… luego buscaré mas despacio y miraré todos los cajones… No creo, pero si por casualidad doy con ellos te los dejo en la portería dentro del bolso con las cartas… ¿Qué?… ¡Ah, las cartas!… de acuerdo, sí.. Es lo mejor… Quémalas mañana mismo… te voy a parecer una estúpida, pero… me gustaría que hicieses una cosa… guardar las cenizas en aquella caja de concha de cigarrillos que te regalé… Ya sabes cuál es… Sí, sí, sí… es una niñería… perdona…

(Se echa a llorar.)

Perdona, ya pasó… No, no estoy llorando… Era un poco infantil eso de las cenizas guardadas en una cajita y… ¡Si eres bueno, sí! Claro que tengo buena memoria…

(Texto de la cita en el idioma mas fácil para la actriz.)

“He quemado en el horno todos los papeles de tu hermana… Pensé guardar aquel piano del que me hablaste. Pero ha sido mejor cumplir tus órdenes y destruirlo todo”… De acuerdo, entonces… las quemas sin mis… ¿Te vas a acostar ya? ¿En bata?… Bueno, pero no trabajes hasta muy tarde… Si tienes que madrugar es mejor que te acuestes cuanto antes… Sí, ¿diga?… ¿Diga?… ¿me estás oyendo?… Ya no puedo gritar mis… ¿me oyes ahora?… ¿Que si me oyes mejor así?… Qué cosa tan curiosa porque yo, en cambio, te oigo como si estuvieses aquí mismo… ¿Me oyes?… ¿Me oyes?… ¡Oiga!… ¡Oiga!… Ahora soy yo quien no oye nada… Bueno, te oigo lejísimo… ¿Y tú?… No, no, es mejor que no cuelgues… Si, señorita, claro que estoy hablando, ¿es que no se da cuen­ta?… Ah, ahora va mejor… Sí, sí, muy bien… Ahora, perfecta­mente… Sí, es incomodísimo… Parece como si te murieses de repente… que oyes y no puedes hablar… Sí, ahora sí, ahora sí… Por lo menos no se ha cortado la comunicación… Sí, muchísimo mejor que antes, menos mal, y eso que tu teléfono hace un ruido muy raro… no parece el tuyo… ¡Claro que te veo, no es muy difícil!

(Responde a preguntas concretas.)

¿Pañuelo?… llevas el “foulard” de las motas rojas… Claro… las mangas dobladas por el codo… ¿En qué mano?… En la izquierda el teléfono… y en la otra la pluma… ¿No te digo que te estoy viendo?… estás haciendo dibujitos en el bloc… un corazón, un sol, una casita… No te rías de mí… Ahora mis ojos están en mis oídos…

(Se cubre el rostro instintivamente.)

No, cielo, mío, tú no… Ni lo intentes… No quiero que me veas ahora… ¿Por qué asustada?… asustada, no… Es… todavía peor… No… no sé dormir sola… Claro, claro… claro… Estate tranquilo… Que te estés tranquilo… Pues todavía no lo sé… No me atrevo a ponerme delante de un espejo… me da miedo hasta encender el cuarto de baño… Ayer me puse delante del espejo y me parecí una vieja… Desde luego… una ancianita, flaca, y llena de arrugas y con todo el pelo blanco… ¡Eres un cielo!… ¿Como una poesía, mi cara?… No digas eso que suena muchísimo a caballero bien educado… y… me recuerda cuando… me decías que… era fea y… tonta y… adorable… eso estaba mejor y… perdona, era una broma… No seas tonto… No, no lo eres… “eres un bruto”, pero me quieres… porque si no me quisieras podrías hacerme muchísimo daño con ese teléfono que tienes en la mano… es un arma terrible… Puede matar a cualquiera sin dejar la menor señal… ¡Yo qué voy a ser mala!… ¡Óyeme!… ¿Hola? Diga… diga… ¡Que no te oigo!… ¿Diga?… ¡Señorita!… ¡Señorita! ¡Que se ha vuelto a cortar, señorita!…

(Cuelga; el teléfono permanece en silencio. La espera se prolonga. Descuelga.)

¿Oiga?…

(Golpea la horquilla del teléfono. Marca un número.)

¿Oiga?… ¿Oiga?… señorita, atiéndame…

(Golpea la horquilla.)

Hable… ¿Eres tú?… ¿Eres tú?… Se corta la línea, señorita… No estoy segura… Bueno, sí, sí lo se… Un momento… Auteil cero, cuatro, cinco, siete… Hable…, sí, dígame… Comunicando claro… Es que están intentando hablar con este número… Bueno, gracias…

(Vuelve a colgar. Suena otra vez el teléfono.)

Oiga…, hable por favor… Cero, cuatro, cinco, siete… no, siete, siete, no seis… siete… ¡Por favor!

(Golpea la horquilla.)

Señorita, lo siento, se ha equivocado usted… Ha salido el cero seis y yo le estoy pidiendo el cero siete… Sí… Auteil cero cuatro cinco siete…

(La espera se alarga.)

Por favor… ¿Auteil cero cuatro cinco siete?… Menos mal. ¿José? ¿Es usted?… Sí, sí, soy la señora… que estábamos hablando el señor y yo y se ha cortado la comunicación… Ah, no… ¿No estaba hablando desde casa?… Ya… ¿No vuelve hasta mañana, verdad?… Sí, por supuesto, se me había olvidado… Es que estaba hablándome desde un restaurante y al cortarse… pues… sin darme cuenta… he llamado a la casa… Bueno, entonces, váyase a descansar, José… Perdone y gra­cias… Sí, José, buenas noches…

(Cuelga de nuevo. Llaman otra vez.)

Ah, menos mal… Sí, nos cortaron… no, no, estaba esperando, sabía que ibas a volver a llamar.. Sí, es que sonó hace un momento y descolgué y no era nadie… Sí, eso pasa mucho… Estás cansado…, pero eres un ángel habiendo vuelto a llamar… un ángel muy bueno…

(Llora. Una pausa.)

No. Claro que estoy aquí… ¿Qué dices? No, que tontería… Nada, no decía nada… No. ¿Qué quieres que me pase?… Pues claro que estoy como siempre… Sí, como siempre… Que no, ya te lo he dicho… Estás en un error… estoy como esta­ba… sí, eso sí, y eso tienes que entenderlo… Estamos hablando y hablando de esto, y… no queremos darnos cuenta de que… habrá que callarse pronto y… colgar este teléfono y… dejarse caer en la nada y… en el silencio y… en la oscuridad y…

(Vuelve a Ilorar.)

Óyeme un momento, amor mío, solo un momento… Nunca, nunca te he dicho una sola mentira… Sí, tú tampoco, tú tam­poco, ya lo sé, te creo… No, no es ese el tema… es que… ahora te las estoy diciendo… Desde que estamos hablando… no hago mas que mentir… Sí, sí, te estoy diciendo una mentira detrás de otra… yo sé… que ya no me queda ninguna espe­ranza… ninguna…, pero las mentiras son… traen mala suerte y además yo… no sé… y no puedo… y no quiero… y tengo horror a mentirte, aunque sea… aunque sea para tranquili­zarte… No, nada serio… No, no tienes porqué asustar­te… solo que… no te he dicho la verdad cuando me has preguntado lo que llevaba puesto ni… no es cierto que… haya comido, comido con Marta… no he comido… ni con Marta ni con nadie… Y me he echado un abrigo por encima del camisón tal como estaba sin vestir en absoluto, porque esta­ba tan desesperada esperando que me llamases y… me he vuelto loca mirando al teléfono y… levantándome y… sentán­dome y… corriendo por toda la casa… que antes de enloquecer del todo, pues me eché el abrigo por encima… Pensaba coger un taxi e irme frente a tu casa… Yo qué sé, a mirarla, a ver tus paredes, a seguir esperando un milagro… ¡Y yo qué sé! Nada… esperar nada, pero… mejor que estar aquí ahogándo­me… Sí, sí, tienes toda la razón… Te oigo, te oigo muy bien… No, y te lo he dicho… No voy a hacer ninguna estupidez… Claro que te estoy oyendo… Te contestaré la verdad… cual­quier cosa, pregúntame lo que quieras… No he salido de casa… no me sentía capaz… No, no he probado bocado… No podía tragar… me he sentido muy mal… Sí, anoche al acostarme me tomé una pastilla para dormir… claro que sí…, pero la verdad es que lo pensé… pensé en tomarme el frasco y no volver a despertarme nunca.

(Llora.)

Muy cobarde, sí… me tomé una docena de pastillas en un vaso de agua tibia… caí fulminada… me desperté sobresaltada, pero feliz creyendo que todavía estaba soñando y… luego… cuando vi que no… y que era verdad… y que no tenía a nadie a mi lado… y que no podía apoyarme en tu hombro, ni tener mis piernas enlazadas con las tuyas ni… me di cuenta de que no es posible… de que no puedo seguir viviendo como… sin peso… sin sangre… tan fría… tan horriblemente fría… Enton­ces pensé que ni la muerte me quería ayudar… respiraba con mucha angustia y… aguanté una hora o algo así… y luego llamé a Marta… hace falta mucho valor para morirse sola… y yo no lo tengo… ¿lo entiendes, mi amor? ¿Ver­dad que lo entiendes?… Marta llegó a eso de las cuatro y se trajo a un médico que vive en su misma casa… Yo tenía muchísima fiebre… y ese médico me dijo que si no se conocen las dosis es bastante difícil envenenarse… me recetó no se qué… y Marta se ha pasado el día aquí a mi lado… Le he tenido que insistir mucho para que se fuese… Quería estar sola cuando me llamases… Sabía que esta era la última vez que me llamas. Sí, ahora, sí… Ya pasó todo… Sí, ya pasó… Un poco de destemplanza… Pues treinta y ocho dos o treinta y ocho tres… naturalmente que son los nervios… estate tranquilo… ¡Soy una estúpida!… estaba dispuesta a no contarte nada para que nos pudiésemos separar en paz y… a colgar sin más como otras veces… como si nos fuésemos a volver a ver mañana… ¡Qué débil soy!… sí, sí… muy débil… me da mucho miedo colgarte este teléfono y… volver a desapa­recer en la oscuridad…

(Llora.)

¿Estás ahí?… ¡Qué miedo, creí que se había vuelto a cortar…! ¡Qué bueno eres! No te mereces todo el daño que te acabo de hacer… No te calles, no te calles, dime todo lo que estás pensando… lo he pasado tan mal que hasta me he revolcado por el suelo y luego, fíjate, ya ves, me llamas, cierro los ojos y ya me siento bien… Bueno, eso me ha pasado siempre ¿no?… Tantas y tantas veces que en la cama te he oído hablar con la cabeza sobre tu pecho… cerraba los ojos y te oía… igual que ahora… No, qué va… tú, no… La única cobarde soy yo… Te he dicho que me había jurado a mi misma que… ¿Cómo?… No, te equivocas, no… Pero ¿qué dices?… me has hecho muy feliz… Te digo que no. ¿Cómo va a ser lo mismo?… ¿No ves que yo sabía, yo sabía que esto tenía que suceder alguna vez?… Pues, claro… Lo que pasa es que hay muchísimas mujeres, mas de las que tú te piensas, que creen que se van a pasar la vida entera junto al hombre que quieren y, de pronto, cuando llega la hora no están nada preparadas para la ruptura… Yo estaba preparada… nunca te hablé de eso porque… porque era mejor, pero… un día que fui a la modista estaba tu foto en no se qué periódico… por cierto que… abierto por la página justa y muy bien colocadito encima de la mesa… un detalle muy femenino, muy humano, si quieres… Pues porque no quería amargarnos nuestros últimos días… ¿Además para qué? Lo lógico es encajarlo y… callarse… No, no me hagas mejor de lo que soy… Oye ¿qué es eso?… Parece música… Digo, que me parece como si estuviese oyendo música… ¿Ah, sí?…, pues dale con los nudillos en el tabique, como hace todo el mundo… estas no son horas de oír música tan alta… No has tenido suerte con esos vecinos… Además como no vivías ahí, pues se han acostumbrado mal… No, no hace falta, mañana volverá ese médico amigo de Marta… Que te digo que no… es muy buen médico… vino en seguida y se puede molestar si llamo ahora a otro… Estate tranquilo… claro, claro que sí… Por Marta… Marta te dará noticias mías, de vez en cuando… Sí, claro que lo entiendo, ¿cómo no lo voy a enten­der? Te juro que voy a ser la mujer mas valiente del mundo… Jurado… ¿Qué dices?… Sí, ya estoy bien… Si no me hubieses llamado me habría muerto, pero ahora ya estoy bien… No, no, no… Espera todavía un poco… un poco más… Espera un poco… Vamos a ver si encontramos una forma de…

(Se pasea. Su infinita desesperaci6n le hace lanzar un gemido que no puede controlar.)

No te enfades conmigo… Sé que estoy haciendote una escena… una escena insoportable… y que me estás aguantando con toda tu paciencia, pero me tienes que perdonar… Lo estoy pasando muy mal, estoy deshecha, completamente deshecha… Ya no me queda mas que este hilo para llegar hasta ti… ¿Cuándo, ante­ayer? Pues dormir… Me llevé el teléfono a la cama… Sí, sí… claro que me acosté… No… lo sé, lo sé todo, sé que parece ridículo… sabía que no ibas a llamar, pero este teléfono es todo lo que me queda ahora en el mundo… Llega hasta tu casa y… como al fin y al cabo me prometiste que volveríamos a hablar. He soñado de todo… Hasta que me golpeabas con el teléfono y que me estaba ahogando y el fondo del mar era como tu casa… Yo respiraba por un tubo de esos de las escafandras y te pedía que no lo cortases… Ya ves… sueños malignos… de esos que hacen sufrir y luego resultan tontos cuando se cuentan… Ahora no, porque ahora estoy hablando contigo de verdad… Han sido cinco años, compréndelo… cinco anos en que solo he vivido para ti… respirando a tu lado y… esperando que vinieses… muriéndome de espanto cuando te retrasabas porque lo menos que hacía era temer siempre lo peor y resucitando cuando abrías la puerta y muriéndome otra vez solo de pensar que tendrías que volver a irte… Como ahora… Ahora respiro porque te oigo… Porque mi sueño no era tan disparatado… Si cortas esta comunicación me cortas el aire… Sí, sí, he descansado… A la fuerza… Dice el médico que la primera noche se descansa… Parece que la intoxicación tiene un primer momento en que… hasta el sufrimiento desaparece… Lo malo viene después… Ayer, claro, la segunda noche y hoy va a ser terrible… Y mañana va a ser insoportable… Y pasado mañana… No, fiebre, no, no creo… Lo veo todo con mucha claridad… Por eso creo que debía haber seguido mintiéndote ¿Y de qué me va a servir dormirme un rato? ¿De qué?… Después tendré que despertarme y… hacer algo… salir a… ¿salir a dónde?… Cielo mío, verte o no verte ha sido todo lo que he hecho en estos años… Marta tiene su propia vida… Es como pedirle a un pez que respire fuera del agua… No, ya te lo he dicho… no necesito nada y no necesito a nadie. ¿Cómo que me entretenga?… Pero… mira te voy a decir una cosa bastante prosaica… Desde ese domingo terrible sólo unos segundos me he olvidado de ti… fue hace unos días cuando el dentista me rozó un nervio con el torno… Completamente sola… Está tumbado junto a la puerta de entrada… No me hace caso… Esta mañana fui a hacerle una caricia y por poco me muerde… No se le puede tocar… No, no… Levanta el hocico y hasta ladra si me acerco… parece otro perro… Le estoy empezando a tener miedo… En casa de Marta se convertiría en una fiera, ¿no te digo que ni siquiera me deja a mí que me acerque?… Contigo, sí… Yo le estoy tomando miedo. Desde aquí lo veo… Completamente quieto… ¿Y yo qué sé por qué?… A lo mejor piensa que yo tengo la culpa de que no vengas… o… incluso que te he hecho algo malo… ¡pobrecito!… No, si yo le quiero mucho… Por eso, porque sé lo que pasa… Que te quiere… Que te quiere muchísimo y… como no te ve…, pues me echa la culpa a mí… Sí, con José se va… mándalo cuanto antes… Sí, no me echaría de menos… Era tu perro, no el mío… Ahora lo estas viendo… Sí, lo que tu digas, solo que me da miedo acercarme… Está bien, ya pensaré a quién se lo doy…, pero estoy segura de que en tu casa se haría amigo de todos… de toda la… gente que… esté viviendo contigo… Sí, vida mía, tienes razón… es un perro y… por listo que sea… habrá cosas que… que no estén claras para él… Puede que no me conozca… a lo mejor le doy miedo… cualquier cosa, vete a saber… ¿No te acuerdas de aquella noche en que yo tuve que decirle a mi tía que se había muerto su hijo? Es muy blanca y muy pequeñita… Pues se puso roja, roja y se estiró como si fuese un gigante… Daba en el techo con la cabeza… parecía como si tuviese mil manos y daba espanto su sombra que llenaba la habitación entera… ¡espanto, sí!, pues su perra, precisamente se escondía debajo de la cómoda, y ladraba como si corriera detrás de un animal… ¡Ah, eso! ¿Cómo voy a saber eso?… Estoy muy des­centrada… He hecho algunas cosas… peor que tonterías… ¿Por ejemplo? Pues he roto todas mis fotografías… no me pregun­tes por qué, hasta las de pasaporte. Sí… ¿Me quieres decir para qué lo necesito yo ahora?… Nos encontramos en un viaje… Si vuelvo a viajar y te vuelvo a encontrar me sentiría muy des­graciada… No, nunca… ¿Qué?… ¿Oiga? ¿Oiga?… Por favor, señora cuelgue… Le digo que cuelgue… Me tiene sin cuidado lo que opina de mí… Lo único que quiero es que cuelgue… Ridícula o no, dedíquese a sus cosas y antes cuelgue de una vez… ¡Ah! Cielo mío… cariño… no le hagas caso… No, no cortes, por favor, ya ha cortado ella… La he oído. Sí… ¿Te ha molestado lo que ha dicho?… Sí, sí, te ha molestado, te conozco muy bien… ¿Y a ti qué más te da?… Era una estúpida y ni siquiera sabe quien eres… una estúpida que piensa que todos los hombres son iguales… Que no, cielo mío, que no, que tú no te pareces a ninguno… ¿Por qué?… No le des más vueltas… Tenía que suceder y ha sucedido… Anteanoche se me acercó Henri… Querfa saber si tú tenías un hermano y si era el anuncio de su boda el que venía en el periódico… No, mal rato, no…, pero bueno tampoco… Como si me estuviesen dan­do el pésame, ¿qué iba a hacer?… La gente no tiene la culpa y como no se lo explica… Sí, la gente, en general… Para la gente las cosas son blancas o negras… Nos queremos mucho o nos odiamos a muerte… No, no te molestes, porque no conseguirás nada… Haz con todos lo mismo que yo estoy haciendo…

(Un gemido apagado.)

¡Ay!… No, no era nada… Es que como estoy hablando tanto… igual que siempre, ¿no?… Pues de pronto se me olvida lo que ha pasado… creo que no ha pasado y… cuando me doy cuenta…

(Llora.)

Ya sé que no tengo que volver a hacerme ilusiones… No, no, no es eso… Pero hasta ahora… cuando hemos tenido un problema… que nunca han sido importantes, pero en fin…, pues hasta ahora hablábamos, soñábamos y… al final, con un beso y un abrazo, pues… menos. Con una simple mirada nos volvíamos a entender… Por teléfono no es lo mismo… Por teléfono lo que se ha acabado se ha acabado. No, amor mío… Los suici­dios no se repiten… Puede que sí, pero sólo una, para dor­mirme cuanto antes… ¿Tú me imaginas a mí comprando una pistola?… Ni entiendo ni quiero entender… ¡Pero si ya no tengo fuerzas ni para mentirte, cielo mío!… Te estoy diciendo la verdad… Sé que a veces es mejor mentir… mucho mejor… Ya ves, es como si tú… Si tú me engañas ahora pensando que voy a sufrir menos. No, no digo que me estás engañando. Lo que digo es que si yo me entero de que me has dicho una mentira… Una mentira pequeña, yo que sé, que estás en tu casa y no estás o… algo así… No… Escúchame, amor mío… no… Estoy segura… Te he puesto un ejemplo… ¿Cómo voy a decir yo que me estás mintiendo?… ¿Pero por qué te enfa­das?, me has entendido mal.. Sí te has enfadado, sí, te lo noto en la voz… Lo que te he dicho es que si me mientes por cariño, por no hacerme daño, yo te lo tendría que agradecer… ¿qué?… ¿me oyes?… ¿me oyes?… ¿me oyes?…

(Cuelga el auricular. Habla bajo y rápido, casi como si rezara.)

¡Por favor que vuelva a llamar…! ¡Que vuelva a llamar! ¡Dios mío, que vuelva a llamar!

(Suena el teléfono. Lo descuelga.)

Se cortó otra vez… No, te decía, que si me mintieras por… para no hacerme sufrir y… y yo lo descubriese, todavía te querría más de lo que te quiero…

(Se ajusta el cordón telefónico en la garganta.)
No es verdad, parece que estamos juntos y nos separa media ciudad… Ahora está tu voz dando vueltas en mi garganta… Espera un poco… Es mejor que se corte por casualidad… ¿Yo? No, ¿cómo voy a pensar yo que estás deseando colgar?… Eso sería muy cruel y tú no eres cruel… ¿A dónde?… Marsella… ¿Tan pronto? ¿Pasado mañana?… Nada… Sí, bueno, que me hagas un favor, que no vayas al hotel de siempre… No, no quiero que te enfades… Es que… como hemos ido tantas veces juntos a ese hotel, pues… así no me imagino nada y… al no verlo me hará menos daño… ¿Comprendes por qué te lo pido?… Sí, gracias… Eres un ángel… Te quiero mucho… con toda mi alma…

(Se incorpora y va hacia la cama.)

¡Qué tonta soy!… Te iba a decir “hasta ahora mismo”… Lo de siempre, claro… Tienes razón, tienes razón… Es mejor que seas tú quien cuelgue…

(Se deja caer en la cama abrazada al auricular telefónico.)

Adiós, vida mía… Adiós… Sí, voy a tener mucho ánimo. Sí…, pero ahora date prisa y cuelga… ¡Cuelga, por favor!… ¡Ya! Te quiero… más que a mi vida… más que a mi vida… más que a mi vida…

OSCURO


La voz humana, Jean Cocteau.